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Por Carmen Inés Lera. Licenciada en Servicio Social. Magister en Trabajo Social. Vicedecana Facultad de Trabajo Social, UNER. Coordinadora de la Licenciatura en Trabajo Social.

"Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior"

Las expresiones del título buscan colocar algunas reflexiones que nos ayuden a entender un poco más sobre las desigualdades sociales. Si de algo se hacen cargo esas palabras es de validar la desigualdad sin ningún tipo de disimulo. En ese sentido importa interrogarnos por qué este tipo de enunciaciones, cuya lógica se redita en una multiplicidad de ejemplos, no genera un rechazo colectivo siendo que una gran mayoría somos parte de ese universo al que supuestamente nos hicieron creer, que no tenemos derecho a tener derechos.

No es el objetivo de este escrito detenernos en los términos expuestos en el título, solo afirmar que la idea de derechos no pertenece al terreno de las creencias sino de las concepciones filosóficas, teóricas, éticas, políticas. Un análisis crítico da cuenta que los procesos de ampliación de derechos civiles, políticos, sociales, culturales, humanos, ambientales, a la información, etc. habilitan a pensarnos como una sociedad menos desigual y, por otro lado, que esta ampliación ha sido resultado de la lucha colectiva de distintos actores sociales sobre los que la historia tiene valiosos testimonios.

Ahora bien, en el esfuerzo de hacer algunas aproximaciones acerca de la noción desigualdad y Trabajo Social, nos interesa en principio señalar que el fenómeno de las desigualdades atraviesa el campo disciplinar en sus alcances conceptuales y, sin lugar a duda, en sus intervenciones.

Se trata de un fenómeno multidimensional y complejo en el que se manifiestan dimensiones de clase, género, etnia, generaciones, espacios geográficos, identidades, por ello su alusión en plural: desigualdades. En esa línea las intervenciones profesionales emergen y se construyen abordando las distintas formas en las que se expresan las desigualdades: falta de acceso a distintos bienes, servicios degradados, violencias de distinto tipo, discriminaciones, desprecios, precarizaciones.

Necesitamos herramientas conceptuales para conocer con mayor profundidad este fenómeno, propio de este modo de acumulación capitalista, que no es un episodio ni una circunstancia, sino que es estructural y progresivo. Estas desigualdades contemporáneas nos encuentran con los ecos de su contracara, la igualdad. Y si bien es cierto que nunca fuimos una sociedad de iguales, que se haga carne más allá de principios y fórmulas, la igualdad era parte de nuestro ethos, de lo que deseaba un conjunto importante de la sociedad. Y a la que aún, y a pesar de todo, muchos seguimos apostando.

1789 hizo de la Igualdad una de sus banderas junto a la de la Fraternidad y de la Libertad. Hoy el mundo vive niveles inéditos de desigualdad, la Libertad es tironeada de derecha e izquierda y la Fraternidad, noble palabra, pasó a ser la más olvidada de la tríada. Guillebaud (1995) señala la profunda transformación que se fue dando en la sociedad francesa, que puede tomarse para analizar otras realidades y entre ellas la nuestra. Este autor expresa la vivencia de un proceso de regresión política en términos de igualdad. Lo identifica en tres etapas: “de la justicia a la compasión, de la compasión a la indiferencia, de la indiferencia a la exclusión. Se excluye sin problemas ni remordimientos a quien ya no existe…” (1995:47) y ello ocurre al mismo tiempo que el término exclusión es vocablo corriente en los discursos de políticos, dirigentes, líderes como tema de preocupación. Pero, señala el autor, esta masa de excluidos se encuentra atomizada, dispersa, heterogénea y por lo pronto no es una multitud amenazante al poder. Por su parte la racionalidad neoliberal, que ha colonizado nuestras subjetividades, juega un papel importante en tanto justifica que ese conjunto de desempleados, precarizados, desplazados, son el costo necesario que pagar si queremos que la economía funcione.

Quizás estas pueden ser razones que expliquen cómo es posible que una sociedad, y específicamente la que habitamos como Patria Grande, soporte niveles escandalosos de desigualdad.

América Latina es considerada la región más desigual del planeta (2). A modo de ilustración acercamos algunas cifras que nos brinda OXFAM a la luz de los estragos de la pandemia “La fortuna de los 73 milmillonarios de América Latina aumentó en 48.200 millones de dólares desde el comienzo de la pandemia, incluso ahora cuando la región es una de las más afectadas del mundo. La región ha visto surgir en promedio un nuevo milmillonario cada dos semanas desde marzo, mientras que millones de personas siguen luchando contra la enfermedad, dificultades económicas extremas y por poner comida en la mesa durante los confinamientos, con los hospitales al borde del colapso.” (3) La gran disparidad latinoamericana también alcanza al color de piel o la etnia: los afrodescendientes o indígenas tienen más posibilidades de ser pobres y menos de concluir la escuela o lograr un trabajo formal que los blancos.

Dubet (2015) ensaya un posible argumento frente a lo abismal de la brecha: “La cuestión es más bien tratar de comprender por qué el sentimiento solidario que induce a querer la igualdad de todos se ha debilitado tanto, y saber qué es lo que podría fundar hoy una movilización en favor de la solidaridad. La distancia creada entre el principio de igualdad y las desigualdades sociales invita, por tanto, a interrogarse acerca de los fundamentos de la solidaridad y, en particular, sobre sus dimensiones simbólicas e imaginarias: la fraternidad” (2015:41)

A esta interrogación formulada por Dubet, los trabajadores sociales tenemos para aportar. Nuestras intervenciones sociales se construyen en el terreno de las desigualdades y éstas requieren ser descifradas como realidades materiales y simbólicas. También nos obligan al análisis minucioso de las respuestas estatales que se realizan en términos de políticas sociales a fin de advertir en qué medida reproducen o no las desigualdades. Por otro lado, reconocer y acompañar los esfuerzos cotidianos de grupos, organizaciones y movimientos sociales que en este escenario abren paso impulsando oportunidades para la transformación, renovando prácticas, señalando horizontes colectivos.


Notas:

  1. Expresiones de Javier González Fraga, Diario Infobae, 27 de mayo de 2016. Resulta importante aclarar que en los años 2017-2019 fue presidente del Banco de la Nación Argentina, actualmente se encuentra imputado en la causa Vicentín por préstamos otorgados durante su gestión.
  2. Ver “Por qué América Latina es la región más desigual del planeta”. BBC News Mundo, Nueva York. 6/02/20 en línea
  3. https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/aumentan-los-mil-millonarios-de-america-latina-medida-que-la-region-mas-desigual Acceso: 2/09/2020

Bibliografía

  • DUBET, François (2015) ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario). Buenos Aires. Siglo XXI editores
  • GUILLEBAUD, Jean-Claude (1995) La traición a la ilustración. Investigación sobre el malestar contemporáneo. Buenos Aires. Manantial
  • LERA, Carmen (2017) “Mérito y desigualdad. Algunas cuestiones para pensar las intervenciones profesionales en el neoliberalismo contemporáneo” en Revista Debate Público. En línea: http://trabajosocial.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/13/2017/09/07_Lera.pdf

Universidad Nacional Arturo Jauretche
Calchaquí 6200 (1888), Florencio Varela, Pcia. de Buenos Aires, Argentina
Tel: +54 11 4275-6100 | www.unaj.edu.ar

ISSN 2545-7128

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