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Por Carlos Skliar. Conicet / Flacso, Argentina

Pensar lo impensable: apuntes durante el acontecimiento

Un acontecimiento irrumpe, agita sus garras mortales, funestas, lúgubres, envuelve al mundo con un manto impiadoso y lo enfrenta a su desnudez más primitiva y más ancestral: nada es seguro, nunca lo fue, todo parece ruinoso, sálvese quien pueda, primero el capital, últimos los ancianos, las ancianas,

La imagen del mundo en peligro recorre todas las pantallas y se ubica exactamente en la región más sombría del cuerpo, allí donde la mente no logra descifrar ningún signo y el corazón palpita de una manera infrecuente, más aceleradamente todavía que en la época que ya se cree precedente, aquella cuya urgencia, cansancio y prisa componía la habitualidad de nuestras vidas hasta hace pocos segundos.

Sin embargo: ¿está ocurriendo un acontecimiento de verdad inesperado? ¿Un acontecimiento sin antecedentes, sin un origen? ¿O es un reflejo más, un eco, del modo habitual de funcionamiento del mundo? ¿Y si de verdad es inesperado por qué existe la vaga sensación de que no se trata de una excepción inédita, de algo que no se esperaba? Incluso: ¿por qué parece que todo esto ya lo hemos pasado, pensado, visto o leído antes de algún modo, en alguna parte, mucho antes? Siempre los acontecimientos inesperados crean inquietud, conmoción o zozobra, y todo lo que se había pensado hasta ahora pasará a formar parte de una confusión y de una debilidad común por comprender qué es lo que sucede en realidad, por qué sucede y qué se hará, si es que algo se hará con todo esto. Mucho más temblorosa es esa confusión y esa debilidad cuando el acontecimiento en cuestión entraña la posibilidad de una masiva enfermedad y muerte, y el tiempo para pensar se vuelve angustiante y se hace angosto y también, según la tradición de cierto pragmatismo en boga, pensarlo sería secundario, superfluo, o directamente innecesario.

Sin embargo, no es la primera vez en que la humanidad se ve envuelta en su propia perplejidad y desasosiego; lo cierto es que cuando ocurre una calamidad, por fuerza, lo hace como si fuera por primera vez, distinta a cualquier otra, y solo es tal, solo puede nombrarse como tal, si está aquí y ahora.

Otros derrumbes han sido y son escenas de películas a las que se asiste bien sentados y despreocupados, páginas bien o mal escritas de novelas que se leen en el refugio de la soledad y el silencio, pinturas que se aprecian o desprecian en salas refrigeradas de museos, en fin: representaciones difusas de lo trágico que a lo sumo han ocupado una parte de nuestras pesadillas cuando niños y preocupado de acuerdo a nuestras diferentes concepciones éticas y políticas.

Dos lecturas a la vez, en la misma unidad de tiempo: nunca hemos vivido esto antes, hemos vivido esto antes muchas veces. No haberlo vivido antes supone un cierto estado de mudez, de estruendo sin resonancia todavía; creer haberlo vivido sugiere el recuerdo, la embriaguez de la memoria.

Aquí y ahora: el sí mismo amenazado en medio del desamparo de los mayores, las restricciones poblaciones al movimiento, el control militar de las ciudades, la suspensión de los encuentros públicos, el cierre de fronteras, el deterioro de las políticas de salud, la economía pulverizada, el distanciamiento social, el confinamiento, hacen de esta situación presente algo difícil de pensar a partir de lo que ya se había pensado en situaciones viralmente semejantes.

El sí mismo potencialmente infectado –asustado, despavorido, temeroso- por la posibilidad cierta de ser contagiado –enfermo, moribundo, quizá muerto- está en medio de, ni antes ni después, ni como recuerdo ni como porvenir.

La voluntad de pensar está debilitada pero no tiene más remedio que hacerlo, incluso involuntariamente; en nombre de la vieja humanidad y de la humanidad que vendrá, el cuidado del mundo y el cuidarse del mundo vuelven a estar, por fuerza de lo real, en un lugar esencial del pensamiento.

Primer pensamiento débil, precario: no deberíamos estar solos ni pretender salvarnos individualmente, nunca, aun cuando el mundo, con todas sus imperfecciones y sus malditas artimañas del capitalismo arrasador, ya había arriesgado su propia existencia a cada paso, en cada segundo, y la vida en común estaba desde hace tiempo en peligro personal, comunitario y planetario.

Segundo pensamiento frágil, provisorio: la humanidad es un espejo siempre resquebrajado de cuerpos y de palabras y una caja de resonancias cuyos ecos parten desde cualquier lugar y en cada lugar crean efectos diferentes; allí debería estar presente la política bajo la forma de Estado, para dar señales de cómo se cuida, de qué hay que cuidarse, cómo hay que cuidar, quiénes son los que merecen mayor cuidado, si acaso es posible el cuidarse y el cuidarnos.

En épocas donde miles de supuestos e improvisados especialistas nos atosigan sobre cómo ser felices, cómo no perder el tiempo, cómo ser exitosos, en fin, cómo ser lo que deberíamos ser o cómo dejar de ser lo que ya somos, habría que dar paso a un lenguaje común, alejados de cualquier provecho personal o empresarial. Escuchar. Escucharnos. Tercer pensamiento, tembloroso: no se trata solo de asistir a la información, siempre cambiante, siempre ansiosa por la novedad; se trata sobre todo de una ética comunitaria, de asumir responsabilidades comunes, de entender que en un país desigual, que en ciudades desiguales, la lógica de la salvación personal no solo es egoísta sino también, y sobre todo, delictiva.

Hay en todo esto estupor, sí, pero quizá haya la posibilidad de mirar más allá de nuestras narices, de no ver solo la punta de nuestros pies, de pulverizar el sí mismo cuando aparenta ser solo un yo mismo, de darse cuenta al fin y al cabo que, parafraseando aquel conocido verso del poeta Roberto Juarroz: tal vez pensar en otro se parezca a salvarlo.

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